Ópera de Madrid

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El 7 de marzo de 2014 apareció en Madrid una alternativa operística de calidad, popular y gestionada por un grupo de cantantes, actores y directores comprometidos con la ópera.

Tras la inauguración de la temporada con Rigoletto, en el mes de marzo, el turno de El barbero de Sevilla, de Rossini, llegó en abril y le seguió La Bohème de Puccini en mayo. Como fin de esta primera temporada de rodaje, el público madrileño contó con un programa doble con el que poder identificarse, nada menos que Agua, azucarillos y aguardiente y La Gran vía de Chueca.

El lugar elegido, el popular teatro Reina Victoria de Madrid (Carrera de San Jerónimo, 20), es un espacio regido por los empresarios Enrique y Alain Cornejo, con los que ha llegado a un esperanzador acuerdo la flamante compañía. El teatro parece un enclave ideal, a pocos pasos del Teatro de la Zarzuela y no muy alejado del Teatro Real.

La oportunidad parece muy bien elegida. El Real ofrece diez títulos por temporada, un cartel que debe cubrir todas las expectativas de un teatro público. El de la Zarzuela, por su parte, brinda anualmente cuatro o cinco títulos, preferentemente de zarzuela. Entre medias se abre un abismo de programación por el que claman no pocos aficionados que quisieran ver y oír de vez en cuando los títulos favoritos del repertorio.

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Ese hueco se ha llenado en varias ocasiones y siempre con muy buena acogida. Fue el caso de las temporadas de ópera del Teatro Calderón hace unos años o las más esporádicas y recientes de algún teatro de la Gran Vía. Y, pese a lo azaroso de las compañías que se presentaban, el público madrileño respondió favorablemente.

En esta ocasión, hay una novedad de peso: no se trata de una compañía formada precariamente por algún empresario circunstancial, siempre con cantantes agotados por el exceso e instrumentistas o bien estudiantes o bien intérpretes de países del este en condiciones poco claras. En esta ocasión se trata de una compañía formada por excelentes profesionales de la lírica que se han tirado a la piscina de la autogestión empresarial y están dispuestos a demostrar que la pasión, el oficio y la perseverancia pueden más que el cálculo oportunista de algunas empresas.

Ópera de Madrid es la unión de cerca de una veintena de artistas, cantantes, actores y directores musicales y artísticos, a los que se añaden gustosos bastantes invitados. Han formado una orquesta y un coro cuyas audiciones han sido excelente noticia hace poco (en este mismo medio, por ejemplo).

Su objetivo es que cunda la sensatez y el sentido común, orquesta y coro de tamaño razonable, con proyectos de continuidad y, sobre todo, ganas de hacerlo bien. En su página web hablan de ilusión, por el trabajo y algo más: “inconformismo con la situación actual de la lírica y la música en general”. Y su propuesta parece revolucionaria en su sencillez: “la música, la voz, la actuación de los artistas; en resumen: la emoción.”

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Duros tiempos estos en los que lo normal, lo que corresponde a una sana vida artística en el ámbito de la ópera y el teatro lírico sea una propuesta inconformista. Ópera de Madrid también habla de precios asequibles y de proyecto sostenible. En suma, un golpe de atención en un sector que no ha parado de mirarse el ombligo y del que estos valientes artistas esperan una adecuada respuesta del público, quizá algo escarmentado de “extravagancias y de elementos superfluos”; y sobre todo de que se le escondan esas óperas que tienen ganas de ver y escuchar.

En la nómina del grupo de conjurados, hay que reseñar los nombres de las sopranos Raquel Albarrán, Hevila Cardeña, Eugenia Enguita, Ruth González Mesa y Elvia Sánchez; la mezzo Joana Thomé y la contralto María José Trullu; el tenor Javier Palacios; los barítonos José Antonio Carril, Jaime Esteban, Javier Franco, Marco Moncloa y Enrique Sánchez-Ramos; los actores Juan Manuel Cifuentes y Javier Ibarz; así como los directores musicales José Fabra y Alexis Soriano. En cuanto a los invitados, señalemos al director de escena Carlos Wagner, al bajo Piet Vansinchen y al coreógrafo Tom Baert, belgas ambos. Nombres todos muy solventes y con una trayectoria conocida y seguida por el aficionado lírico.